«Sensaciones Akásicas» 

© Juan Manuel Bonet

En su estudio del Madrid del centro, no muy lejos del Paseo del Prado, pinta durante largas horas al día la holandesa Angelica o Angie Kaak, que nos llegó hace tres lustros desde el Norte, desde su tierra natal, desde un polder heroicamente arrebatado al mar. Seguimos su trabajo por lo menos desde 1992, fecha de su primera individual, celebrada en la desaparecida Galería Columela, y de su autorretrato como “La diablesa”, y de su presencia gracias a una beca en la localidad almeriense de Mojácar, donde pintó piedras, rocas, viejas torres de vigilancia y defensa de la costa…

En su estudio, Angie Kaak pinta a la luz de la luna llena. Cada vez más alejada de aquellos sus inicios figurativos —aunque de repente se acuerde de ellos en una fantasmagórica visión con algo de oriental, casi de sombras chinescas, de un muelle portuario-, pinta y pinta, en clave sintética, abstracciones, laberintos, observatorios astronómicos, plantas, seres extraños, como de otro planeta…

Del segundo de los “Retornos del hijo pródigo” disberlinés a la “Canción de las figuras” egureniana de Enrique Andrés Ruiz, pasando por algunas colectivas del también desaparecido Caballo de Troya, Angie Kaak ha navegado siempre por las aguas jurisdicionales neo-metafísicas, algo que queda refrendado también por su presencia -precisamente desde 1992- en la programación de Arco Romano, la meritoria sala de la villa soriana de Medinaceli, y ahora en la de Muelle 27, galería madrileña de creación relativamente reciente que junto con otras dos de la capital, más veteranas, My Name’s Lolita, y Utopia Parkway, se ocupa de ese espacio mental, que junto a no pocos detractores, reclutados principalmente entre las filas de lo polítically correct, y que practican un boicot eficaz y activo a cuanto deciden que es “retrógrado”, cuenta por suerte también con no pocos seguidores, y entre ellos con unos cuantos coleccionistas, uno de los más apasionados de los cuales es, sin duda, Alvaro Villacieros.

Una rara quietud reina aquí, en el estudio de Angie Kaak, y también, un par de pisos más arriba, en su casa de coleccionista consorte, una rara quietud presidida por algunas plantas a las que mima -de siempre le han gustado las plantas, y pintarlas, e incluso hablarlas-, algunos cuadros  -sobre todo de los colegas y amigos neo-metafísicos españoles, pero también algún ejemplo mayor de dos tradiciones, la metafísica y constructiva-, algunas fotografías, algunas músicas, algunos libros escogidos, como Mensch en Insect y los demás que el año pasado le sirvieron para componer el enigmático bodegón que sirvió de cartel para la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, bodegón coronado por una bola de cristal, y una hoja seca, y en el que reina un clima que me recuerda el que nos cautiva en los mejores del raro Pierre Roy…

A la sombra de Giorgio de Chirico -el principal faro de los “hijos pródigos”- y de Joseph Albers, reina aquí una rara quietud, clima ideal para producir unos cuadros que siendo serenos y constructivos, acaban transmitiendo -como sucede en el cartel al que acabo de hacer referencia- una rara inquietud.

En su estudio del Madrid del centro, Angie Kaak pinta morosamente, a la luz de su amada luna.

Luna laforguiana –L’imitation de Notre-Dame la lune-, luna lugoniana – Lunario sentimental de Buenos Aires, pero impreso en Barcelona- , Luna de enfrente borgiana y twenties con cubierta amarilla y madera de Norah. Luna angelical kaakiana, ahora, luna madrileña de las brujas. Me acuerdo, en otro Madrid ya lejano, de La brujita Maruja Mallo, de aquellos Moradores del vacío, Andinaves, Selvatros o Geonautas que pintaba y dibujaba cuando la conocimos, y que expuso en su individual de 1979 en la desaparecida Galería Ruiz-Castillo. A Maruja Mallo la mencioné en mi texto para el catálogo de la exposición de Angie Kaak Ensueños (Universidad de Valencia, 1994), y he vuelto a pensar en ella ahora, ante algunas de las cosas que pinta y algunas de las cosas que dice Angie Kaak, cosas que en términos más generales me hacen pensar, por su onirismo, en un cierto tipo de surrealismo metamórfico y, aquí, vallecano.

Entre la física, y la metafísica, entre la materia y la luz, Angie Kaak me habla del campo akásico -un adjetivo, por cierto, que parece hecho a la medida de su apellido-, y me proporciona un libro para ella clave al respecto, que se anuncia así de contundentemente: “si alguna vez ha querido tener el universo en sus manos, lea este libro”. De momento, lo confieso, no lo he leído.

Volviendo al plano estrictamente pictórico, situémonos en un espacio entre la tradición de Giorgio de Chirico, y la tradición constructiva: dos extremos del mundo moderno, compatibles para algunos, y entre nosotros pienso por ejemplo en Antonio Rojas, que pinta no muy lejos de aquí, por siempre en su mar geométrico, en su puerto de sombra.

Entre la construcción, y lo orgánico, cuando no el automatismo: en ese territorio intermedio moraron, en los años veinte y treinta, cada cual a su aire, caminando por la cuerda floja -a casi todos les gustaba el circo-, gente muy distinta entre sí, Arp, Picabia, Miró, Schwitters, Strzeminski, Willi Baumeister, Calder, el holandés y ex-neoplasticista César Domela, Angel Ferrant, la propia Maruja Mallo -que, no lo olvidemos, fue miembro del Grupo de Arte Constructivo torresgarciesco, y que pronto, me consta, iba a leer lápiz en mano los libros del príncipe Ghyka-, y así sucesivamente, artistas del gran ciclo vanguardista que se negaron a ser catalogados, que se negaron a ser encasillados, que se negaron a ser reducidos a mera fórmula, que se negaron a marcar el paso de la ortodoxia.

“Holandesa errante y soñadora”, y también “moradora de un universo encantado, como de cuento” he llamado yo en otro lugar a Angie Kaak, y ciertamente pocos de nuestros creadores de este comienzo de milenio español poseen su capacidad para crear pequeños mundos y para la fantasía y la fabulación, pocos han logrado crear una iconografía tan personal, pocos le han sabido sacar tanto partido a su sentimiento de extrañeza ante el mundo, algo que ya estaba claro en sus paisajes de un lugar tan excéntrico, geográfica y mentalmente, como la más verde de las islas canarias, la de La Palma, o en su faros submarinos -que por algún lado remiten a un universo poético simbolista y esencial del tipo del antes aludido José María Eguren-, o en sus herbarios -tulipanes, tan hoandeses, y otras flores y plantas, y entre estas últimas los cactus, modernos por excelencia desde los años de la nueva objetividad-, o en sus composiciones de piedras -ya con algo de vallecano, y a propósito de las cuales cité en su momento a Yves Tanguy y a Ángel Ferrant-, o en sus salamandras, o en sus colecciones de mariposas -algo, de nuevo, muy Pierre Roy-, o en una visión de alta montaña como El oso (1992) -un auténtico cuento, sí, con un clima a la postre un poco Tintín en el Tibet-, o en sus versiones de formato muy reducido de pintores futuristas, de 1991, como la que desde entonces nos hace compañía, de Fillia.

“Pequeños mundos”. vuelvo y vuelvo siempre, de un modo un tanto obsesivo, a ese término traducido del alemán de Kandinsky, “kleine welte”, del Kandinsky que hablaba de su amigo -y compañero de Bauhaus- Paul Klee. No un “piccolo mondo antico”, sino pequeños mundos modernos, pequeños mundos abiertos al futuro, pequeños mundos que cada pintor de nuestro tiempo explora a su modo. A su modo lo hace la Angie Kaak akásica, dispuesta a hablarnos del cosmos y de la galaxia, sin perder la sonrisa.

Pulsaciones galácticas, señales de otro mundo, sentimiento de lo cósmico y vértigo de la inmensidad del universo que nos trae a la memoria Cosmos, una gran exposición reflexiva de Jean Clair que recalé en Barcelona: el de Angie Kaak es un mundo así, pero en el que de repente hace su aparición el humor, que es a lo que me refería cuando terminaba el anterior fragmento con una palabra como “sonrisa”.

La sonrisa, el humor, la ironía y la auto-ironía, iluminan de siempre esta obra, en la que de siempre se han mezclado la alta cultura, y el kitsch; los maestros de antaño, y los del christmas o el libro infantil. Siguen iluminándo hoy: seres difícilmente clasificables, diablillos galácticos, estrellas-amebas, plantas carnívoras, hombres-cactus gonzalezcos, hombres de alambre ramonianos, bibendums, insectos, antenas de vértigo para captar señales que llegan de muy lejos, todo aparece humanizado y también humorizado.

Children’s corner, por algún lado, el que estos cuadros de pequeño formato, morosamente pintados, magnéticos como imanes, dibujan ante nuestros maravillados ojos: el candor, la inocencia, el buen humor infantiles de esta pintura constituyen un maravilloso antídoto al mal humor, y al mal, a secas, tan extendidos en nuestro medio artístico.

Children’s corner, pero la verdad es que no sé muy bien qué música de fondo, qué “musique d’ameublement” le podría ir a la pintura de Angie Keak, hoy. No Debussy, desde luego. Tal vez algo en las cercanías de Edgard Varèse, pero en menos metálico, en menos caótico, en menos monumental y constructivo, un Varèse igual de cósmico, de galáctico, de errante, él también, pero más amable.

Aunque trabaja sobre esquemas repetitivos, interrogando una y otra vez unos pocos pretextos, pienso, y con esto termino estas divagaciones, estas piezas mínimas para Angie Kaak, que cada uno de sus cuadros constituye por sí solo, y ese es su principal secreto, un pequeño mundo. Y que el montaje de esta individual suya, la primera en Muelle 27, en alguna de cuyas colectivas ya ha figurado, habrá de privilegiar no el sentido de la serie, sino ese sentimiento de que cada cuadro es un universo en sí. Los vería, sí, colgados en orden disperso, como notas en un pentagrama -de nuevo la música-, como golondrinas sobre los cables lluviosos de esta rara primavera, en la que los aficionados a la pintura, hayamos leído o no su libro akásico de cabecera, tenemos una cita con el universo asombroso, inquietante y encantado de Angie Kaak.

© Juan Manuel Bonet
(Texto del catálogo para la exposición «Sensaciones Akásicas» de la Galería Muelle 27, 2005)